¿y qué papel tiene la industria del juego? El de tener siempre la culpa.
¿y cuál es del Estado? Vigilar y Culpar
¿y qué hace la industria? Apostar por la responsabilidad
¿y qué hace el Estado? Pervertir el concepto de juego responsable, controlar y tener el privilegio de la opacidad
Bertolt Bretch escribió una obra de título impecable para nuestro caso: La excepción y la regla. La DGOJ, en un movimiento de interferencia sin precedentes va a imponer una fórmula para erigirse en sumo sacerdote del bien y del mal uso del consumo de juego con la caradura de saltársela para sí mismo.
La DGOJ del Ministerio de consumo de este gobierno es el Gran Hermano que lo vigila todo y al que nadie vigila. La DGOJ como paradigma de la vigilancia sin contrapeso.
Un campechano poeta romano (aquí en la imagen), JUVENAL, escribió Quis custodiet ipsos custodes? para aludir, con ironía, que a quien se le encarga que vigile la castidad de una esposa puede resultar ser el adúltero. He aquí la cuestión.
Pero la trama continúa. La cuestión se superpone. La intriga crece. El drama se exacerba: El Estado, la DGOJ, es la presencia universal en el recinto de su dominio. Es el regulador que sanciona, exige trasparencia pero él mismo no compite en igualdad de condiciones ni se somete a las mismas reglas que impone.
El discurso es convincente: se trata de protegernos, de garantizar orden, de evitar abusos. Pero ¿quién controla al controlador?
El Estados y sus juegos son el paradigma del privilegio de la opacidad porque vigilan pero no se autovigilan. Este Estado exige cumplir, pero rara vez se somete a las mismas reglas. El Estado en el tablero de juego, que arbitra y juega; que asifixia, impone, moraliza y nos convierte en actores tutelados dependientes de una racha autoritaria.
El controvertido, apasionante y frecuentemente malinterpretado Friedrich Nietzsche lo advirtió en Así habló Zaratustra, al describir al Estado como “el más frío de todos los monstruos fríos” que, además, “fríamente miente”. Y Carl Schmitt afirmó que el soberano es quien decide la excepción: aquel que impone las reglas a todos, pero se reserva el derecho de no aplicárselas. Mejor dicho, imposible.
Es el triple salto mortal: Primero, el control reduce la libertad: ciudadanos y empresas ya no eligen, solo siguen instrucciones. Segundo, el control anula la responsabilidad: sin elección real no hay posibilidad de responder por uno mismo ni de innovar en el mercado. Y tercero, el control se ejerce de forma asimétrica: el Estado vigila a todos los actores sociales y económicos, pero no se somete a vigilancia ni competencia; impone transparencia, pero se refugia en la opacidad.
Adoran, persiguen y disfrutran de esta relación de poder infantilizante. Somos ciudadanos tratados como menores de edad y empresas reducidas a ejecutores pasivos de normas, mientras el tutor queda libre de rendir cuentas.
La DGOJ, el Estado, un poder frío, distante y asimétrico… un monstruo.