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 De obligada lectura ante la situación en la Comunidad Valenciana

 
Probablemente esta es la reflexión y el análisis más certero de la situación que ha desembocado en lo que seguramente va a suceder mañana en la Comunidad Valenciana. Es de obligatoria lectura para el sector y los políticos. NO DEJEN DE LEER LO QUE ACABA DE MANDARNOS GERMÁN GUSANO:

Alea iacta est

Este lunes se vota, de forma ponderada, la reforma normativa del juego en la Comunitat Valenciana como uno de los textos relevantes del Acord del Botànic. Entre sus firmantes, el juego “es un peligro”, es una urgencia porque “la adicción al juego es la nueva heroína", “han escuchado [pero desoído] a todos los sectores” y pretenden “proteger la posición del débil, la de la persona jugadora, frente a la posición dominante de la persona organizadora, de forma que las condiciones de la práctica del juego sean claras y controladas" e incidir en los menores de edad "frente a la ludopatía y el juego descontrolado". Su particular realidad ideológica supera la ficción sectorial más fatalista.

En su discurso aluden a una “alarma social”, soporte básico para incrementar la presión y los argumentos para restringir la actividad. Lo chocante es que si fuese verdad (no lo es), probablemente se mantendrá una similar demanda aunque aprueben una regulación formalmente más estricta. El binomio oferta/demanda asegura que lo deseado siempre se ve satisfecho por algún oferente dentro del propio mercado, sea legal o ilegal. Cercenar abruptamente la oferta puede ser tan engañoso como el tamaño de la oportunidad para lograr esos mismos objetivos de otra manera, más o menos cercana, sea presencial o digital.

La demanda es el proceso de socialización del individuo ligado a la oferta y se transforma dependiendo de las necesidades, apetencias y deseos conforme al momento histórico y cultural. Lo que me cuestiono es si realmente es necesario este cambio normativo radical que provocará un daño irreversible en entornos muy diversos.

Hay sesgos ideológicos que se muestran incapaces de comprender la rápida transformación que existe en la satisfacción del entretenimiento, especialmente entre la “juventud adulta” (como simple recordatorio: a los menores de edad no se les permite jugar). La tríada educación/ responsabilidad/prevención sintetiza la única solución posible para el futuro sostenible, tanto social como económico. Las imposiciones desmedidas no suelen servir de mucho en ningún ámbito.

Queda demostrado, una vez más, que algunas opciones políticas creen erróneamente que la sociedad se construye a golpe de normas desiderativas interesadas. Utilizan algunas expresiones grandilocuentes como salvoconducto para dinamitar la economía. Se hacen guiños a una turba de seguidores con mensajes amparados en su particular concepto del bien común y, ni mucho menos, es un proyecto beneficioso para la comunidad en su conjunto.

La inmensa mayoría entiende el juego de azar como una opción más de ocio y entretenimiento, así lo demuestran los estudios, sin prejuicios ni desdenes ideológicos y sin etiquetar las emociones individuales equilibradas, apreciando la libertad de elección de una ciudadanía bien informada. Sin embargo, algunos reguladores desarrollan propuestas que solucionan su ansiedad, en consonancia con sus valores, sin cuantificar ni asumir las posteriores consecuencias. Es cierto que, a pesar de los claros avances en el denominado juego responsable, aún existen algunas asimetrías entre subsectores por sus características concretas, ahí es donde debe existir diálogo y consenso constructivo para mejorar ciertas medidas, reforzando al usuario.

Por supuesto, en el mundo de la representación empresarial, también se actúa equivocadamente y su credibilidad va disminuyendo ante estas (y otras) labores improductivas. Una suerte de “populismo” sectorial, impregnado de protagonismos tardíos, que subestima la inteligencia de los propios destinatarios y otros observadores. Incomprensiblemente no se
atiende a la verdadera esencia de la actividad. A pesar de disponer de todo un arsenal de denominaciones y de formatos, esta lamentable situación refleja la necesidad de replantearse la manera de gestionar los intereses, la renovación de algunos liderazgos anquilosados y la verdadera capacidad de transmitir la realidad del juego hacia afuera, generando la suficiente confianza en los momentos más críticos.

Según Moisés Naím, el mercado de la charlatanería muestra su apogeo, especialmente en política pero también en otros entornos, aumentando tanto la demanda como la oferta de soluciones simples a problemas complejos. En consecuencia, deben saltar las alarmas en los mapas de riesgo ante la grave purga empresarial, el irrecuperable impacto sectorial y la mimesis política que se avecina.

El ciudadano, al oír el apelativo “social”, se deja arrastrar a una supuesta y amplia necesidad que, en este caso, el providente Gobierno valenciano pretende satisfacer ya que, a su entender, las fuerzas del mercado no la garantizan. El resultado último es que sus enredos políticos en modo alguno benefician a la comunidad y, casi siempre, solamente se traducen en un puñado de votos, perjudicando a la gran mayoría. En múltiples ocasiones refleja intenciones bastardas que encubren ese hálito de confusión complaciente que se atribuye a lo acentuado como social.

Tratan de satisfacer algo a todas luces excesivo e innecesario mediante una reforma necia y contra natura que es una obsesión para el PSPV, Compromís y Unides Podem, pese a que otras actividades o servicios tienen repercusiones sociales negativas bastante superiores y peligrosas que las del juego, sin pretender menospreciar el abuso individual problemático con amplia comorbilidad. La Administración debe tener más en cuenta la demanda social verificada académicamente y no obviarla arbitrariamente, catalogándola a la ligera de excesiva, desviada e incontrolada sin más.

Con esta Ley cruzan un simbólico Rubicón, una frontera que tiene difícil marcha atrás. El daño es aún incalculable y parece que solo quedará afrontar las inevitables consecuencias tras la aprobación de una normativa nefasta y desproporcionada. En un período tan convulso e inestable como es el actual, este tipo de respuestas contribuyen a aumentar el déficit y la dependencia pública.

¿Qué futuro espera al sector tradicional en manos de quienes pretenden destruirlo? La suerte está echada…
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