SIN DISFRAZ
Isabel Sáez firma una nueva tribuna de opinión en INFOPLAY, la tercera de una serie de cuatro artículos que comenzó con «No hay prisa. La deuda rompió el espejo en el que nos mirábamos» y continuó con «El último euro es el de la confianza». En esta tercera entrega, titulada «Sin disfraz», la autora reflexiona sobre la relación entre el sector del juego, la Administración y la sociedad, y defiende la necesidad de avanzar hacia un modelo basado en la confianza, el humanismo y el compromiso con la comunidad.
Este es el tercero de cuatro artículos. El primero, «No hay prisa», nació suelto, sin pretender ser el principio de nada. Lo convirtieron en camino quienes lo leyeron, lo discutieron y lo hicieron suyo. Los cuatro siguen un mismo hilo: el valor que el número no sabe ver. Este va a lo más incómodo: la mesa de diálogo y quienes se sientan a ella. Y habrá un cuarto, el último, que mirará hacia delante.
Presumimos de sentarnos con todos: con quien regula, con quien nos critica, con quien haga falta. Y es verdad. Asociaciones y colegas llevan años en esas mesas, y gracias a ese trabajo de cada día seguimos en pie. Y sé que opinar desde fuera es fácil: como decía mi abuela, qué bien habla el sano con el enfermo. Así que esto no es un juicio al presente. Es una pregunta por lo que está por hacer.
Porque la cuestión no es si nos sentamos, sino cómo. Pensemos en esa mesa. Todos, yo la primera, llegamos disfrazados. El sector, de ciudadano ejemplar. La administración, de severa: lo que reconoce en privado le cuesta decirlo en público. Cada uno interpreta el papel que el otro espera. Y nadie dice en voz alta lo que piensa.
El problema nunca fue la mesa. Es la máscara con que llegamos a ella.
Empecemos por el interlocutor que más pesa: la administración. De cada euro que deja esta actividad, cobra su parte antes que nadie, y la cobra haya caja o no. No es un reproche, es un mecanismo: quien parte apremiado, opera apremiado, y así cuidar antes que cobrar se vuelve un lujo. No hace falta ser mal operador para verse empujado a serlo. Sin pretenderlo, la norma acaba favoreciendo justo lo que quiere combatir.
En la misma mesa tiene su silla el dolor de algunas familias. Es la excepción, pero es real, y merece algo más que un asiento de cortesía: un lugar en la hoja de ruta. Una hoja de ruta compartida. Porque hoy la conducta de cada adulto se le carga solo al operador, dependa o no de él. Y ninguna actividad puede responder en solitario de lo que decide cada persona. O esa carga es de todos los que se sientan a la mesa, o no la sostiene nadie.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Por el disfraz. Y no solo nos lo pusieron: también nos lo hemos dejado puesto.
Lo que la sociedad percibe como algo que hay que esconder se regula desde la sospecha, no desde la confianza. Si el sector es «el problema», la norma necesita un culpable visible. Y el más visible es el operador, el que tiene nombre y licencia. Cuando la conducta de un cliente concreto es impropia, la culpa acaba recayendo en quien lo atiende. Castigar al operador no tiene coste político; defenderlo, sí. Lleva funcionando así desde la despenalización: una norma pensada para vigilar, no para convivir.
Y mientras sigamos disfrazados, seguiremos siendo el sospechoso de siempre. La salida no es pedir que dejen de acusarnos. Es ser, visiblemente, parte de la solución. Muchos operadores ya lo son, pero en silencio, y lo que no se ve no cuenta: solo se ve el caso que sale mal. Cuando también se vea lo que aportamos, acusar al operador dejará de salir gratis.
¿Y por dónde se empieza? Por la silla que siempre está vacía: la del cliente, el único que nunca se sienta a esa mesa. Le preguntamos en un estudio cualitativo, y la respuesta fue nítida: la gran mayoría de los adultos consultados dijo sí al ocio de azar, y no a la forma en que nosotros, los operadores, entregamos la actividad.
Les gusta lo que ofrecemos; no les gusta cómo lo ofrecemos.
Es duro de escuchar. Pero en términos de negocio no puede estar más claro: la demanda existe; lo que la espanta es el modelo. Y no lo dice un regulador: nos lo ha dicho el cliente.
Quitarse el disfraz no es inventarse otra cara. Es enseñar la que ya tenemos y no se ve. No toda la forma en que se ofrece nuestra actividad depende de nosotros: una parte la fija la norma. Pero otra, la que el cliente más nota, sí: la compañía y el encuentro. Y eso no se descarga. Ofrecemos ocio a través de una terminal que no se juega a solas en el móvil, sino a la vista de todos: en el bar del pueblo y en el salón del barrio.
En España, un bar nunca fue solo un bar. Es la red sobre la que se teje una comunidad: lugar de encuentro, de conversación y de compañía. El día que cierra el último bar de un pueblo, cierra el pueblo. Y ese bar es, a la vez, nuestro punto de venta. El canal de este sector es parte de la infraestructura social del país.
El salón de barrio cumple esa función un escalón más arriba. Hay quien lo ha pintado como el depredador de las esquinas pobres y ha hecho de ese retrato una bandera. El daño existe, como excepción, y negarlo sería volver al disfraz. Pero basta entrar en uno bien llevado: luz, eventos compartidos, reconocimiento, socialización. Lo contrario de estar solo. El mismo sitio puede ser una cosa o la otra. Lo que decide cuál no es el salón: es la mano que lo opera.
No descubro nada: otros juegos ya lo han resuelto. La ONCE no se mide por su beneficio; la gente compra el cupón porque detrás hay una causa que define lo que la ONCE es. La lotería del Estado reparte en premios menos de lo que muchos creen, y no se le reprocha: está cosida a la cultura de este país. La diferencia no está en el producto ni en el reparto. Está en el relato. En ellos, lo social es lo que son. En nosotros, demasiadas veces, es lo que hacemos de vez en cuando, como quien hace penitencia.
Nuestras buenas obras han sido eso: lluvia fina que no cala. Gestos añadidos por fuera, como una medalla que te cuelgan en la solapa. Cambiarlo no es sumar más gestos. Es que el propio modelo de negocio sea la obra. Y cambiar cuesta: margen hoy, a cambio de confianza mañana. Si la actividad cuida esos bares y esos salones, no hace caridad: invierte en lo que la sostiene, y en nuestra identidad como comunidad.
Ese valor que el número no sabe ver tiene un nombre: humanismo. No como virtud de escaparate, sino como manera de gestionar: la única ventaja que no se puede copiar sin cambiar de modelo. Es, también, la manera de ejercer el juego sin complejos, con la libertad del adulto que sabe a qué juega. Porque jugar, en compañía y a la luz, no nos empequeñece: nos hace mejores.
Lo sabemos quienes operamos. Cada día escuchamos buena parte de la soledad de este país. Recibimos lo mejor y lo peor de esta sociedad, a la vez y en la misma barra. Gestionamos a esa comunidad en la última milla, cuando la mesa ya ha decidido qué papel juega cada uno, y lo hacemos solos y sin reconocimiento. Nadie nos lo pide. Pero nadie más lo hace.
Se dirá que esto es fácil de escribir y arduo de ejecutar. Lo es. La montaña es alta, pero eso no es razón para quedarse en el llano: es la única razón para subir.
Termino con la pregunta que atraviesa estos cuatro artículos. No la formulo desde fuera: me la hago a mí y se la dejo a cada cual.
¿Estamos dispuestos a arriesgar hoy lo necesario para merecer mañana la confianza que pedimos?
Quien responda que sí, y aún sea dueño de su rumbo, sin las manos atadas por decisiones previas, tiene un primer paso a su alcance: en su propio negocio y frente a su propio cliente. Y una silla en esa mesa, esta vez sin disfraz.
Sé que toda idea que nace así suele ser tachada, desde el primer día, de utopía o de cosa de iluminados. Por una vez, hagamos el ejercicio contrario: construir en lugar de descalificar. La oportunidad existe, y es real.
La montaña no es para todos. Nos vemos arriba.