Contemplen.
Cualquier parte de esta foto puede hacernos sucumbir ante la autoridad y la inteligencia. Además, si han sido tocados por el bien divino de oír el trueno de su voz,… ¿pueden imaginarlo?
Mis últimos diez años, y mucho más, no los puedo entender sin Fernando. Es la voz de la conciencia, del sentido común, del listo listísimo. ¿Qué haría él? ¿Qué me diría él? Me pregunto y, después, voy y se lo pregunto.
Fernando Fernández de Trocóniz es mi paradoja de la robustez. Adaptable, camaleónico, empático, silencioso, lenguaraz. Coherente, disfrutón, comedor de erizos que mastica sin pestañear. Me gusta comer con él porque se toma la salsa de los mejillones con cuchara y moja y yo mojo.
Ahora está adelgazando. No bebe (demasiado). No cena (nunca). Y yo rezo para mí todas las noches porque no se le ocurra dejar de reírse.
Yo lo que quiero es ver sus cejas arqueándose al revés, en perfecta isósceles. Ver volar sus puños como un Mazinger y golpear la mesa con ira no siempre impostada.
Las mil vidas de Fernando nos traerán un Trocóniz sastre, médico, relojero, joyero, maestro, profesor, político y cocinero. Es juez y parte. Parte de mí.
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