InfoPlay

La solidaridad no debe dejarse al azar

El término solidaridad expresa una realidad homogénea de algo físicamente entero, unido, compacto, cuyas partes integrantes son de igual naturaleza o persiguen el mismo objetivo. Es posible resumirlo en la adhesión a la causa o a la empresa de otros. Nos muestra, a veces de golpe, que estamos estrechamente vinculados en sociedad. En este contexto, se relaciona con el de fraternidad, que nos impulsa a buscar el bien de todas las personas, sólo por el hecho de que todos somos iguales en una determinada circunstancia.


Una especie de empresa en la que entendemos que somos unos socios que implica una relación de responsabilidad compartida, de obligación conjunta ante una adversidad con connotaciones especialmente negativas para la esencia de cualquiera: la supervivencia, personal y profesional.

Las doctrinas sociales entienden la solidaridad como un sinónimo de igualdad y ayuda mutua, en un todo unido a los conceptos de responsabilidad, generosidad, desprendimiento, cooperación y participación. Una realidad en la que cobra especial relevancia el postulado psicológico que afirma que “el todo es mayor que la suma de sus partes”. Un principio que puede aplicarse a situaciones adversas como la que atraviesa la sociedad, en la que elaboramos una imagen de conjunto con un significado más amplio que sus componentes, aunque éstos sean piezas irremplazables. De alguna manera se intenta dar forma y estructura a lo que se muestra algo caótico cuando funciona de manera independiente.

En esta etapa crítica, en la que se está intentando volver a ver la luz en el túnel social, el valor de la solidaridad nos invade y se generaliza tanto en la dimensión humana más cercana como en el aspecto social y profesional, incluso si se encuentran algo más alejados. Se trata de una forma de enfrentar la relación con los demás que es eminentemente positiva al evidenciar el interés de cada uno de nosotros en el bien común, ganando adeptos para este pilar supremo entre los que se encontraba latente tiempo atrás, pero sin ser manifiesto.

La solidaridad se desprende de la naturaleza humana, indicando que los individuos no estamos solos y que preferimos hacer los diferentes caminos juntos. El hombre, social por naturaleza, no puede prescindir alegremente de sus iguales ni tampoco intentar desarrollar sus capacidades de manera independiente y, mucho menos, en determinadas condiciones ambientales. En estos días que el individualismo, en forma de aislamiento, parece ser una de las mejores protecciones es cuando florece con más brío el sentido de comunidad.

En la industria del juego los conceptos antes mencionados resultan de gran importancia, tanto para el desarrollo profesional de cada uno de sus componentes como para construir un futuro solvente y sostenible, muy especialmente para la continuidad de las empresas más pequeñas o que estén endeudadas, embarcadas en generar entretenimiento, empleo y riqueza.

La base del ordenamiento social que realizó la vertiente racionalista de la Ilustración situó la igualdad, la libertad y la fraternidad en el centro del debate político. Desde entonces, han sido pilares para la evolución social pero, en las crisis graves como la vigente, corroboran una serie de minusvaloraciones o carencias, invisibles hasta entonces para muchos de nosotros. En esos momentos brota, de forma abrupta, la solidaridad como elemento de impulso para no caer al abismo y como manifestación de una especie de empresa más global.

Estamos abocados a reconstruir la idea de comunidad a partir de los principios que se derivan de cada particular contingencia, renunciando a fundamentarla más allá del contexto en el que
nos encontramos, formando parte del engranaje de un mismo motor que genere la fuerza y el entusiasmo necesario para afrontar una etapa novedosa y bastante confusa.

Podemos encontrar personas (empresas) solidarias regalando su tiempo, invirtiendo en causas solidarias, aportando sus habilidades, conocimientos, recursos y creatividad a la hora de innovar proyectos y soluciones. Puede describirse en cuatro momentos complementarios:

• es una reacción ante el sufrimiento, tocando dimensiones sociales esenciales;
• es una determinación por sumar, tratando de minimizar o erradicar las causas;
• es un deber social, siendo responsables recíprocos de un mundo desequilibrado; y
• es un estilo de vida o de gestión que ilumina todas nuestras posibilidades y que repercute en nuestros proyectos, sacando lo mejor de nosotros.

 
La crisis que padecemos está introduciendo nuevos denominadores sociales que determinan profundas injusticias, sin caer en reduccionismos y en la búsqueda de uno común la comprensión, la ilusión y la sostenibilidad constituyen elementos básicos de unión. Las actuales fantasías para mejorar nuestro entorno, si se aplica todo el esfuerzo por hacerlas realidad, permiten alcanzar metas que de otro modo hubieran sido o se tornaban inaccesibles.

Lamentablemente, vuelve a demostrarse lo frágiles que podemos llegar a ser ante determinados acontecimientos globales. Esta crisis sanitaria y social ha desencadenado el auge de valores positivos y la necesidad manifiesta de encontrar nuevas fórmulas que permitan “unificarnos” ante la adversidad y dar sentido a este nuevo contexto mundial. Nos toca volver a conectar con lo esencial, comprender, dimensionar y apreciar las realidades en la que nos desarrollábamos y creer en que los cambios son más posibles de lo que pensábamos.

Los desequilibrios sólo pueden combatirse con la solidaridad y con soluciones que promuevan el empoderamiento y la defensa conjunta, esforzándose en reducir al máximo el impacto en la actividad, en informar y sensibilizar sobre las consecuencias que pueden tener en las rutinas empresariales, a la vez que se fomenta la innovación en las estrategias y en los procesos organizativos.

Afortunadamente, el activismo crece en un tejido empresarial concienciado de la gravedad, empeñándose en mostrar, una vez más, su verdadera realidad transformando la visión que otras personas y colectivos pudiesen tener equivocadamente. También aumenta día a día el número de empresas con iniciativas que deciden plasmar sus relaciones laborales y aportar su porción de fuerza y ánimo, que eligen participar en diversas acciones o reconducir su producción a elementos imprescindibles y, de paso, contribuir en esta transición y transformación necesaria.

La solidaridad es un principio social ordenador que implica una determinación firme y perseverante por el bien común. Conlleva la conciencia de apoyo y colaboración entre los integrantes, comprometiéndose con el deber de crear unas condiciones para que toda persona pueda desarrollar sus potencialidades en plenitud. El interés general debe estar por encima de los intereses individuales.

Los aplausos y las salidas al balcón a las ocho de la tarde ayudan a romper las barreras que existían con nuestros vecinos. El nivel de solidaridad de la escalera, de la calle y del barrio, se ha incrementado y tiene visos de permanecer ante los lazos que se están creando, incluso en las partidas de bingo que se desarrollan de terraza a terraza como claro exponente de entretenimiento.

Los empresarios del juego saben perfectamente de la gravedad que acecha a gran parte de ellos y que debe primar el diálogo, la unidad y la constancia plasmándose en proyectos inmediatos de futuro. La interdependencia queda más en evidencia y es una oportunidad para regenerar las relaciones. Hay que ser mucho más conscientes y romper también las vigentes barreras entre vecinos de aquí en adelante. Empatía, proactividad, trabajo en equipo y liderazgo son algunas competencias transversales y aptitudes que permiten avanzar e identificar, entre la diversidad, las bisagras de entendimiento que van a enriquecer a todos los subsectores y entornos. Esta solidaridad empresarial no debe ser puntual ni dejarse al azar y tampoco debe esperar aplausos en los balcones.



    0 Comentarios


  Déjanos tu opinión