El periodista, columnista y analista político Chapu Apaolaza clausuró la primera jornada del XVIII Congreso del Juego de Castilla y León con la ponencia “Jugarse la vida”. Con un tono cercano y autobiográfico, hiló su trayectoria profesional con 33 años corriendo el encierro de Pamplona —y otros— para reflexionar sobre el miedo, el riesgo y la condición humana.
Apaolaza arrancó desmontando la épica: “en Pamplona corre todo el mundo; aquí no hay heroicidad”. Desde esa normalidad explicó el origen ancestral del gesto de ponerse frente a la embestida —del bisonte de Altamira al toro bravo— como un punto de inflexión del homo ludens: el ser humano que juega arriesgando la vida por el mero hecho de sentirse más vivo. De ahí conectó con la cultura popular del toro en la Península Ibérica y el papel de las ganaderías que han sostenido ese patrimonio a lo largo de los siglos.
El ponente se declaró “uno de esos niños del toro”, recordó su primera cogida de becerra de la que salió ensangrentado y, sobre todo, la pregunta-símbolo que le hicieron entonces: “¿Quieres salir de nuevo?”. Aquel “sí” marcó una vida de encierros iniciada a los 15 años. Desde la cuesta de Santo Domingo, donde cada mañana se reza —“A San Fermín pedimos…”—, desarrolló su teoría del miedo: no es ausencia de temor, sino otra relación con él. Antes de correr —describió— tiembla el pulso, cuesta abrocharse la camisa y aparecen náuseas; es la tormenta hormonal que prepara al cuerpo para la acción. “Cuando avanzas hacia el miedo, el miedo se hace más pequeño”.
Para aterrizarlo, compartió herramientas prácticas: aceptar que la ansiedad siempre sube y luego baja y no cortar la curva huyendo; técnicas sencillas como respirar 4-4-7 (inspirar 4 tiempos, mantener 4, exhalar 7–9) para reducir la hiperventilación y “decirle al cuerpo que no hay ataque”. “El secreto —subrayó— es saber que el miedo se va: te machaca 40 minutos… y en cuanto das el primer paso, se disuelve”.
Hubo espacio para la cara trágica del encierro: recordó la muerte en 1995 de Matu Peter Casio, “para entender lo que nos jugamos”. Y también para sus guardianes cotidianos —el médico Antonio Pérez Iriarte en la puerta del hospital de campaña— y para los amigos con los que ha aprendido a bajar “a lo más duro” del recorrido —cita a Mariano Jiménez—. Narró una de sus mejores carreras, vivida tras confesar que estaba a punto de dejarlo “por miedo”: “aguanté la cara del toro y todo cobró sentido”.
En el tramo más íntimo, habló de familia: su mujer y sus hijos, la contradicción entre desear que algún día corran y el pánico a que algo les suceda. Introdujo la figura de Larry Belcher, texano afincado en Valladolid y leyenda del rodeo, para resumir la pulsión: “La pregunta no es cómo corres el encierro, sino cómo no lo corres”. Y se desmarcó del tópico del “vivir como si fuera el último día”: quien se juega la vida —dijo— “vive cada día como si fuera el primero”, con la percepción renovada de un abrazo, un plato de magras con tomate o “un gin-tonic que sabe al primero de tu vida”.
Apaolaza cerró apelando al misterio humano: hay decisiones que no caben en semáforos nutricionales ni algoritmos de riesgo. “Somos un interrogante. Y está bien que no todo se explique ni se mida”. Entre agradecimientos al equipo que cuida la seguridad de los corredores, dejó la lección que quiso que el público se llevara: “Al miedo no hay que controlarlo: hay que saber que se va. Ponlo a tu lado… y da el primer paso”.
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